| Experiencia en una ONG de España ![]() Cómo a una estudiante de filología se le ocurre la idea de pasar sus vacaciones de verano en Cádiz trabajando con una organización ecologista? Mis motivos de venir a este país para hacer unas prácticas fueron varios: por una parte tengo un gran interés por la cultura andaluza, la gente, su lengua y su arte de vivir me facinaron desde la primera vez que vine a Andalucía. Por otra parte tengo un sentimiento de unión con la naturaleza del mediterraneo por mis raíces familiares en el sur de Francia y en Marruecos. Este sentimiento está acompañado por una atracción inmensa por todo tipo de paisaje marítimo, por motivo de haber crecido en las cercanias del Mar del Norte, além de esto he pasado mucho tiempo de mi niñez en la Costa Azul, Francia y en la Costa Brava, Cataluña. Allí he vivido desde mi infancia muy cerca de la pérdida progresiva de los paisajes naturales costeros del mediterráneo. De este conjunto de motivos surgió el deseo de entender el porqué y el cómo puede avanzar tan rápido la destrucción de las riquezas naturales mientras que la mayoria de la sociedad parece ser indiferente delante de ella. A través de una búsqueda por internet descubrí que por suerte no se callan todos, que hay ONGs muy activas en las regiones costeras más afectadas. Estas organizaciones se oponen a la venta de la naturaleza al turismo y a la construcción. Fué así que entré en contacto con Ecologistas en Acción Cádiz. Gracias a la hospitalidad de los andaluces he pasado cinco semanas en la casa de dos integrantes de la ONG. Durante este tiempo conocí en su amplitud el trabajo de los Ecologistas así como también la estructura de la organización. Ecologistas en Acción es una organización nacional, con su sede principal en Madrid y subsedes regionales, provinciales y locales. Cada grupo tiene sus propias responsabilidades, pero esto no impide que cooperen entre sí en campañas y proyectos de mayor envergadura. Esto fué por ejemplo, el caso en la repoblación de La Zarza, una finca situada en el término municipal de Puerto Real, un pueblo de pescadores en la Bahía de Cádiz. Este proyecto fue coordinado por Adolfo Etchemendi, uno de mis anfitriones, con quien durante mi estadia colabore en el cuidado diario de los árboles recién plantados. Muy rápido me di cuenta de que era un trabajo de una dureza que no se podia ni se debía subestimar. Salíamos todos los días a las siete de la mañana, porque pocas horas después el sol abrasador nos iría a quemar los cráneos. Teniendo en cuenta que los andaluces normalmente viven la noche y no suelen acostarse antes de la una o las dos de la madrugada, llegué a apreciar mucho la siesta. Cada día regabamos con 4.000 litros de agua la tierra polvorienta de La Zarza, esta agua la juntabamos previamente en un arroyo cercano y la trasladabamos al interior del venerable Nissan de la ONG, el cuál había sido transformado por Adolfo en una estación de bombeo, esta tan aventurada construcción pondria muy probablemente los pelos de punta a cualquier mecánico. “Está todo calculado!” Me calmó Adolfo, el profesor de matemáticas, que no podía ocultar un cierto orgullo. En cuanto intentaba salvar algunos de los 11.000 esquejes del peligro de secarse, iba tomando conciencia del desequilibrio fatal entre la tala y la repoblación de un bosque. Hacen falta siete años de trabajo intenso por parte del coordinador, sus compañeros ecologistas y numerosos voluntarios para reparar el daño medioambiental que cometieron algunos codiciosos inversionistas en pocas semanas. “Que no pienses que los árboles se cayeron sólos, Claudín!” me explicó Adolfo, pronunciando mi nombre con el incomparable acento andaluz, “deforestaron el pinar para construir un campo de golf, aunque sólo en la provincia de Cádiz ya hay más de veinte. Y además ni siquiera tenían el permiso de construcción, iban a hacerlo de forma ilegal.” Ante los escasos recursos de agua en Andalucía y la amenaza de desertificación en toda España, semejantes construcciones de lujo, que derrochan la escasa agua potable, me parecen absolutamente incomprensibles. Resulta mucho más difícil reparar destrozos de la naturaleza en esta región que en un país lluvioso como Alemania. ¿Cómo puede suceder que la pérdida de los recursos naturales en favor de la construcción y el turismo avance a una velocidad tan alarmante, mientras la mayoría de la población lo acepta sin protestar? “Un factor importante del problema es que poca gente considera la naturaleza en sí como riqueza.”dijo Juan Clavero, la carismática cabeza del grupo ecologista del Puerto de Santa María. “Riqueza significa industrias, carreteras, coches, centros comerciales, pisos particulares pero el campo y la natrualeza silvestre... esto en Andalucía siempre ha habido en abundacia y a esto se lo identifica con retraso y pobreza en la región. Hoy en día, todos los jóvenes quieren tener su propio piso pero pocos se comprarían tierras en el campo.” El Puerto de Santa María es una ciudad antigua, situada al borde del Río Guadalete, un caño que se nutre del agua de la Bahía de Cádiz. Era una ciudad de pescadores y de comerciantes, que tenía un papel bastante importante en el comercio con las Indias. Hoy es famoso por sus grandes bodegas, como por ejemplo Osborne, cuyo símbolo publicitario, el toro negro, se ha convertido en el supuesto símbolo nacional de España. En verano, el número de habitantes de El Puerto se duplica. Son turistas, sobre todo madrileños, cordobeses, sevillanos que se compran su segunda vivienda en la costa para huir del insoportable calor de verano en el interior del país. A lo largo de pocos años estos segundos domicilios se han comido la mayoría de los pinares del municipio para transformarlos en un desierto rocoso. Una gran parte de estas construcciones son illegales. Me impresiono como sin ningún permiso pueden crecer urbanizaciones enteras. “Ya ves lo que resulta más problemático en el trabajo ecologista: Es que una gran parte de los que tienen el poder de decisión, los inversores y los políticos, sólo calculan a corto Plazo,” me explicó Carmen Calzado, con la que viví en El Puerto durante la segunda parte de mis prácticas. “Buscan el beneficio inmediato. Actualmente hay una demanda enorme de vivienda en la costa, entonces los precios suben de año en año y los empresarios quieren sacar provecho de esto, por eso se siguen talando bosques y construyendo y muchas veces, cuando un proyecto ilegal se denuncia, el proprietario no es perseguido penalmente, sino que el alcalde acaba por legalizar la urbanización.” Y… los habitantes no protestan? Carmen suspiró. “Protestan un poco, porque a causa de los precios de vivienda tan altos muchos jóvenes no llegan a encontrar piso y tienen que seguir viviendo con sus padres. Pero haría falta mucho más ruido para realmente influir en las decisiones de los poderosos. Desgraciadamente, la mayoría aún no se da cuenta del precio que pagamos para la adaptación de la región a las exigencias de los que vienen de fuera. No están conscientes de que un pinar talado se pierde para siempre y que poco a poco, con cada pérdida, la cara de Andalucía cambia irreversiblemente. Se produce una pérdida general de nuestra identidad.” Así mis prácticas, que empezaron con el sencillo riego de árboles, se convirtieron en un examen profundo de los problemas políticos y sociales de la provincia de Cádiz y de Andalucía en general. Pero los gaditanos no serían los gaditanos, si un tema serio no iba siempre acompañado de una broma, por eso la alegría, tan esencial a la cultura andaluza, nunca faltaba. Mis anfitriones se esforzaron muchísimo en enseñarme la región por su lado más hermoso. Me llevaron a dar paseos por los pueblos blancos de la Sierra, ví mi primer festival de flamenco y Adolfo, el gran cocinero, me dió un curso intensivo de cocina andaluza. Durante estas cinco semanas, me enamoré de Cádiz capital. Los pequeños callejones de muchos rincones, que cuanto uno más se aleja del flujo turístico, más estrechos y sucios son, el olor de “pescadito frito”, mezclado con gasolina y productos de limpieza, las ruidosas conversaciones en los bares, que, según el humor y el consumo de alcohol de la gente, de vez en cuando desembocan en el cantar de las canciones del carnaval. Todas estas impresiones se han gravado de forma irreversible en mi memoria. He pasado cinco semanas maravillosas, instructivas e incomparables en Cádiz y he vuelto a Alemania con el corazón partido la otra parte se ha quedado en la Bahía. Allí vuela, como las voces de las cantantes gitanas, llevado por el viento “Levante”, entre el Río San Pedro, La Caleta, el Río Guadalete y las montañas de la Sierra, esperando a que vuelva. Claudine Etavard, 22, es estudiante de Romanistica en la Universidad de Konstanz y está planeando un período de estudios en una universidad de América Latina. itchy feet Nr.5, Ausgabe 2008 |
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